lunes, 24 de octubre de 2016

"El ángel exterminador", una crítica cinematográfica de Juan Ventosa

En una época de clara decadencia cinematográfica y, en especial, del cine español; en una época en que los criminales precios de las macrosalas y las molestas palomitas se están terminando de apoderar del séptimo arte; en este nuestro tiempo en que las películas épicas de marines perfectos e invencibles, las empalagosas comedias románticas y demás americanadas de excesivo mal gusto han conquistado el espectro cinematográfico al completo, se nos presenta la ocasión de descubrir e interpretar una de las obras maestras de nuestro cine, una creación vanguardística que pudo romper todos los esquemas de la época y, en definitiva, un film que no deja indiferente a nadie. Se trata de “El ángel exterminador”, una de las más célebres películas del extravagante director y guionista español Luis Buñuel. Aunque estrenada en 1962, todavía en el siglo XXI sigue conservando plenamente su sentido crítico y su valor cultural, ya que en nuestra era la situación sobre la que incide se ha vuelto, si cabe, más enfermiza. La cinta fue rodada y producida íntegramente en México, lo que supuso una falta de medios importante que Buñuel tuvo que suplir con unas cuantas dosis de ingenio.


La película se desarrolla por completo en la mansión de los Nóbile, un matrimonio adinerado de Ciudad de México que organiza una velada a la que acudirá un muy selecto grupo de burgueses de la zona. Estos, entre los que se encuentran un conocido director de orquesta, un mando del ejército o un prestigioso médico, han sido invitados a cenar después del teatro, en unas circunstancias de lo más usuales y ordinarias. Pero, unos minutos antes de que llegue dicho grupo y se empiece a servir la cena, los integrantes del servicio de la casa (el ama de llaves, los mayordomos, el cocinero, etc) comienzan a abandonar la mansión de una forma muy extraña: no tienen ningún motivo plausible para dejar su trabajo, no dan explicaciones e intentan no ser descubiertos por los dueños de la casa. Cuando llegan finalmente los invitados, el único que allí queda es el mayordomo jefe, que tampoco conoce el porqué de la marcha de sus compañeros. La cena se desarrolla de una forma ciertamente peculiar: el plato principal es derramado al suelo, los allí presentes se comportan de una manera frívola y extravagante, el mayordomo no da abasto… Cuando termina, el grupo se dispersa por una gran sala en la que, comedidamente y como mandan los cánones de dicha clase social, se sumen en charlas y conversaciones banales, entre las cuales tiene lugar alguna que otra presentación, ya que la mayoría de los allí congregados no se conocen. Todo transcurre de forma muy usual y la velada, que en principio había sido concebida como algo fugaz y distendido, como un mero encuentro pasajero estipulado por las normas morales de la élite, acaba convirtiéndose en un tormento. Entre conversaciones absurdas y coloquios estúpidos, la reunión se alarga sobremanera, de forma que los invitados, cada uno por su cuenta, empiezan a pensar que ya es hora de irse. Pero no consiguen abandonar la sala: nadie se atreve a dar un paso adelante y marcharse de aquel lugar. El hecho de que ninguno de ellos se mueva de allí, hace que cada uno por separado se vea incapacitado de salir de aquella habitación, por mucho que lo esté deseando. Los propios anfitriones no son capaces de dar la velada por terminada, puesto que estarían faltando al código de su clase; mientras que los invitados están esperando una sentencia de los dueños para poder regresar a casa, ya que sería vergonzosamente descortés marcharse de allí sin su aprobación. Nadie consigue el valor suficiente como para tomar la iniciativa, así que, finalmente, como embrujados por el comportamiento de los demás y por sus leyes de conducta, los que habían llegado solo para disfrutar de una copiosa cena después del teatro y charlar amenamente de política o finanzas acaban pasando la noche en el salón de la mansión de los Nóbile.
A la mañana siguiente reina un descontento muy grande entre los allí congregados. Todos quieren huir de aquel lugar que la noche anterior los secuestró de manera salvaje, pero otra vez sus intentos son en vano. Siguen atrapados en aquella angosta sala sin escapatoria. Se sirve el desayuno como si llevaran allí viviendo mucho tiempo y, entre la ira de unos y el desconcierto de otros, la sala se revela totalmente hermética, ni siquiera el mayordomo puede salir. Con el paso de las horas, la situación se vuelve más desesperada, a la par que surrealista: los huéspedes no tienen nada para comer ni beber, pero aun así siguen sin abandonar su particular prisión. Y lo que es todavía más extraño: los de fuera tampoco se atreven a entrar para sacarles, da la sensación de que una barrera psicológica les impide cruzar el umbral de la puerta. Así, la situación se va volviendo más salvaje y, con ella, el comportamiento de los reunidos. Cuando el ambiente se vuelve hostil, su conducta también lo hace y las reglas morales quedan en segundo plano. Los hombres hipercivilizados que llegaron aquella noche se han tornado bestias que no conocen nada acerca del buen comportamiento y la convivencia.
Así es como comienza la trama de la película, que no será desvelada bajo ningún concepto para mantener viva la emoción que pueda contener.

La obra, a grandes rasgos, desarrolla una crítica muy profunda hacia la clase social burguesa y su conjunto de normas morales; así como una descripción de la vuelta al estado salvaje que sufre el ser humano cuando su realidad se torna peliaguda.
Ya desde el principio, y con el fin de poner de relieve la supina extravagancia de la situación, a la par que de advenir el problema que más tarde se produce, el director se sirve de un recurso un tanto peculiar, el cual consiste en repetir dos veces la misma toma desde un ángulo de grabación diferente. Si fuéramos un poco más allá, también podríamos aventurar que lo que busca es introducir al espectador dentro de ese ambiente social tan cerrado en el que se encuentran los personajes de la película. En segundo lugar, el hecho de que los empleados del hogar abandonen la casa también es símbolo de ese contexto tan hermético en el que se desarrolla la velada.
El convite y su posterior fiesta se desarrollan de la forma más usual- a excepción de ciertos matices surrealistas que no debemos mezclar con el argumento central de la grabación-, bajo el yugo de la moral elitista donde las apariencias son el paradigma en torno al cual gira todo. Todos buscan causar una buena impresión en el resto de los invitados. Para acudir a este tipo de eventos sociales, los participantes hacen uso de una máscara que extraen de los códigos y arquetipos sociales, y ocultan detrás de ella al hombre que llevan dentro. La película muestra de forma repetitiva supremacía de la máscara frente a la esencia humana, así como la falsa relación que existe entre los invitados.
Todo va bien, todo se adapta a los moldes de la rutina, todo encaja dentro de la visión preconcebida e inamovible de una velada entre gentes de bien, hasta que llega la hora de volver a casa. El hecho de que nadie sea capaz de tomar la iniciativa y abandonar aquella cárcel, da buena cuenta de la influencia que tienen las circunstancias y el medio al que somos arrojados en nuestra conducta. Revela de manera brillante cómo el grupo condiciona y manipula nuestro comportamiento hasta límites impensables. Explica muy claramente cómo la actitud de los demás trastorna nuestra libertad de elección como individuos, dando lugar al hombre-masa.  Por otro lado, arremete duramente contra la moral de los valores universales, aquella que oprime al hombre y lo conduce por un camino del que no puede escapar. Satiriza este código moral burgués cuando representa la paradoja de los invitados que no pueden pedir irse para no ser descorteses con los dueños y los dueños que no pueden sugerir a los invitados la posibilidad de clausurar la velada para no ser descorteses con estos últimos. Este código de conducta tiene una influencia tan grande que, en los días siguientes, ninguno de ellos es capaz de tomar la iniciativa para salir de allí aun estando en unas condiciones de desabastecimiento terribles.
Eso sí, el clímax del surrealismo no se alcanza hasta la escena en que los que se encuentran fuera de la casa no son capaces de entrar para sacar y poner a salvo de su delirio a los de dentro. Es como si se hubieran contagiado de la hipocondría y la paranoia de la que estos últimos son presa. Consigue reflejar, aunque manera un tanto difusa, el absurdo de que están compuestas las almas humanas.
Mientras tanto, en el interior de la mansión, la moral y la buena conducta han cedido en virtud de los instintos primarios. La situación, tanto física como anímica, se ha vuelto completamente desesperada, cosa que ha tirado por tierra el comportamiento civilizado del que aquellos hombres presumían antes del evento. Calumnias, acusaciones gratuitas, peleas, nula cooperación, intentos de homicidio… Todo esto demuestra notoriamente que la moral, al ser algo creado por los humanos y parte del trasunto ideológico de nuestra época, solo llega hasta cierto punto; y que, cuando nos encontramos en severas dificultades y el entorno se vuelve hostil, no tiene rango de acción y está obligada a dejar paso a los instintos animales adulterados por la máxima de competencia que rige nuestras vidas. Las máscaras caen para mostrar al ser humano tal y como ha sido fabricado por nuestra sociedad.
Para finalizar, sorprende gratamente el hecho de que, poco tiempo después de que los invitados consigan salir de su prisión, se produce una situación análoga en una iglesia: ni los curas ni los fieles pueden salir de ella después de la misa. Así, con este ingenioso final, el autor consigue cerrar su círculo vicioso surrealista del que ninguno de sus personajes puede escapar.


Juan Ventosa Pereda.  1º A.

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