jueves, 7 de marzo de 2019

Tres cuentos contra el machismo por el 8M


Como os anunciamos hace unas semanas, tres alumnas de Las Llamas han resultado premiadas en el Concurso de “Cuentos contra el Machismo” convocado por la Fundación Fair Saturday. Nos ha parecido una buena idea publicar en "El Rollo" los tres cuentos premiados con motivo de la próxima celebración del Día de la Mujer el 8 de marzo. Estos tres relatos formarán parte de un libro que se publicará próximamente. Esperamos que os gusten y les damos la enhorabuena de nuevo a sus autoras.

“El final que todas nos merecemos”
(Susana Gómez Falagán, de 4º ESO C)

Me despierto otro día más mientras suena a todo volumen la canción "Respect" de Aretha Franklin. Me visto, desayuno y salgo de casa para dirigirme a trabajar. Soy actriz y ahora mismo hago el papel de Cenicienta en una obra de teatro infantil. Al llegar saludo a mis compañeros de reparto. Me fijo en la hora: la obra está a punto de comenzar. Asomo la cabeza debajo del telón y veo que la sala está llena de niñas y niños de todas las edades.
La obra empieza y el narrador introduce un poco el cuento que vamos a representar. Aunque ya todos lo conocen, me encanta ver cómo el público disfruta y se sorprende durante la representación de este cuento clásico tan famoso.
Cuando estamos representando la escena donde la madrastra no permite que Cenicienta acuda al baile hasta que no termine una lista inmensa de tareas, se oye a una niña pequeña decir desde el fondo:
-¡No la puedes obligar a hacer todo eso! ¡No está obligada a ocuparse de la casa solo por ser chica!
Aunque ese comentario sorprende a la mayoría del público, mis compañeros de reparto continúan la representación como si no hubiese ocurrido nada, pero yo no puedo pasarlo por alto.
Continúo representando la obra y llegamos a la escena que más le gusta a la gente. El momento en el que el hada madrina le concede a Cenicienta su mayor deseo: poder ir al baile y conocer al príncipe que la salvará del infierno en el que vive. El hada le pregunta a Cenicienta:
-¿Quieres que te conceda tu mayor deseo y te permita ir al baile para conocer a tu príncipe?
En ese momento yo tendría que responderle que sí, pero me doy cuenta de que algo estamos haciendo mal y empiezo a hablar dirigiéndome al público:
- No, ese no es mi mayor deseo. Ya estoy harta de que el héroe de todas las historias tenga que ser siempre el príncipe. ¿En serio es esto lo que queremos enseñar a las futuras generaciones? Creo que las niñas que están aquí se merecen otro final.
Mi compañera me hace señales para que pare, pero yo decido continuar:
-Nunca nos hemos dado cuenta de que les contamos historias a nuestros hijos donde la mala es casi siempre una mujer y el héroe es un hombre que salva a su amada de sus problemas. ¡PUES YA NO! A partir de ahora la historia cambia. Cenicienta no acudirá al baile, sino que decidirá enfrentarse a su madrastra y le dirá que ya está harta de trabajar para ella. Y, como bien has dicho tú, mi pequeña amiga -miro a la niña que realizó aquel comentario tan sorprendente- las mujeres no estamos aquí para cuidar la casa ni mucho menos. Sabemos defendernos solas y no necesitamos la ayuda de ningún príncipe.
En ese momento la gente empieza a aplaudir, sonrío, sé que probablemente he perdido mi trabajo, pero no puedo sentirme más feliz. He hecho lo correcto.




“Lo que siempre callé” (María Galindo López, de 4º ESO C)

Nos intentan hacer creer que las mujeres somos el sexo débil, que no podemos vivir sin nuestro príncipe azul, que sin un hombre no somos nada. Para algunas eso son solo historias de miedo, otras desgraciadamente, caímos en esas mentiras.
Al principio todo para mí es perfecto, me cuida, me protege de los demás, me dice que nunca me hará daño, pero si no le hago caso se enfada.
Y yo callo, y él grita. Y yo lloro, y él ríe. Y yo sangro, y él golpea.
Cuanto más pasa el tiempo más me duele, más sufro, peor estoy. Pero me aferro a sus promesas de que va a cambiar y a menudo me intento convencer de que todo lo que me dice es porque me quiere.
Y yo me escondo, y él me encuentra. Y yo abrazo a mi hija, y él nos encuentra a las dos.
Siempre hay una salida, me repiten una y otra vez. Cuéntalo, me dicen, porque no saben lo que es vivir con miedo. Hazlo por ti, me dicen, pero ya no sé quién soy. Denuncia, que te pongan una orden de alejamiento, me dicen, pero ya lo hice y él se encargó de volver a encontrarme.
Tú sueñas, y él te destruye. Tú mueres, y él vive.
Hoy tengo cicatrices que me recuerdan dónde he estado y todo lo que he pasado, y aun así me encuentro con fuerzas para gritar por esas a las que callaron. Hoy puedo levantarme de la cama y ser quien quiero ser gracias a una suerte que no todas tuvieron. Hoy reivindico que todas las mujeres tienen derecho a una vida. Y no, no eres menos que él, y no, no lo hace porque te quiere.
Á(r)mate, mujer, inicia una revolución, una revolución contra el sistema patriarcal en el que vivimos, una revolución contra esas personas que creen que somos menos, una revolución para demostrar que calladas no estamos más guapas y que guapas estamos cuando gritamos por nuestros derechos, esos que muchos como él nos intentan robar. 





"Aún hay tiempo" (Laura Pérez Robledo, de 1º Bachillerato A)



Mis manos temblorosas sostienen el teléfono.

Hace veinte minutos y quince segundos que Jon se marchó de casa. Me pegó una paliza y se largó gritando un “No me esperes despierta, necesito consuelo después de haber tenido que aguantar tus puteríos un día más”. Últimamente se ha obsesionado con la idea de que le engaño con un compañero de la universidad. Le repito una y otra vez que yo jamás haría eso, que le quiero sólo a él. Pero la única respuesta que recibo son insultos y más golpes.

Golpes.

Recuerdo cuando era tan solo una niña, una joven inexperta e inocente de doce años que cada vez que veía hablar sobre las relaciones tóxicas en la televisión fruncía el ceño con disgusto y se cuestionaba cómo una mujer podía permitir que su pareja llegara a controlarla y maltratarla de esa manera.

Supongo que nunca creí que fuera tan sencillo caer en sus redes. En cuanto Jon me tuvo atrapada en su trampa, procedió a devorar mi espíritu y mi fuerza vital, como una araña que no duda en alimentarse del pobre insecto que se estrella contra su tela.

Me controló.

Nunca salgo de casa sin su permiso.

Me celó.

Nunca me acerco a otros hombres. 

Me convenció de que no valía nada.

¿Acaso alguien tan débil como yo vale algo?

Destrozó mi cuerpo y mi corazón.

Me destrozó.

Siento que ya no existo como tal. Soy simplemente un cuerpo vacío. Un cuerpo con el que Jon se puede desquitar. Una marioneta a la que pegar y violar. A la que susurrar palabras hirientes y arrebatar el sueño.

Cada día libro una batalla en mi interior. Jon es lo único que tengo. Todo mi entorno permitió que me alejara. Supongo que él tiene razón. Nadie me quiere. Nadie va a ayudarme a salir de este agujero. Ni mis amigos, ni mi familia, ni los vecinos que durante los primeros meses escuchaban mis desgarradores gritos y me dirigían una mirada piadosa en los pasillos del edificio. Lo mejor que puedo hacer es quedarme a su lado. Tal vez con el tiempo pueda ayudarle a cambiar. Puede que en el futuro consigamos ser felices. Que nos casemos en una playa durante un hermoso atardecer y borremos las cicatrices del pasado.

¿Pero y si no es así?

No sé qué hacer.

Miro la tecla verde y balanceo mi pulgar por encima.

Nadie va a ayudarme.

Cada día que pasa, el reflejo que me devuelve la mirada en el espejo se asemeja más a un cadáver. A una muñeca repleta de grietas.

Tal vez tenga que ayudarme a mí misma.

No quiero quedar en el olvido. No quiero ser una víctima más.

Supongo que tomé una decisión en el momento en el que saqué el móvil de debajo del armario, donde Jon me lo escondió hace meses para que no pudiera hablar con nadie sin su permiso.

Observo la bolsa de viaje que he preparado y con un suspiro entrecortado, pulso la tecla.






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